LAS VOCES DE LA PANDEMIA; ENTRE EL MIEDO Y LA ESPERANZA

Personal médico, mamás, maestras, enfermos, mujeres violentadas, científicos e incrédulos comparten qué les ha dejado la actual crisis sanitaria, para bien y para mal.

México llega hoy a 100 días bajo el asedio de un virus que ha cobrado más de 12 mil vidas y paralizó su economía.

También dejó saldos personales marcados por tristeza, incertidumbre y miedo, pero también por esperanza y solidaridad.

Para Carmen Blanquet es el infierno: el covid-19 la tuvo al borde de la muerte y durante su hospitalización su hijo de 14 años murió electrocutado.

Mientras ella llora su pérdida, la doctora Alondra Torres enfrenta agresiones con cloro mientras pasea a su perro.

El confinamiento en casa, la mejor medida contra la pandemia, detonó la violencia familiar. Esto lo sabe bien una víctima anónima. Su pareja estuvo a punto de matarla y tuvo que huir a un refugio, donde hizo cuarentena junto con sus hijos.

Entre la tragedia hay historias que iluminan el horizonte. A Iker Rodríguez se le ocurrió cobrar por hacer mandados, pues necesitaba una tablet para tomar sus clases en línea. Su historia se hizo viral y le donaron una bici y un equipo de cómputo.

Renata Martínez define al covid-19 como “un bichito” que no la deja ir a la playa. A sus ocho años asegura que pronto podremos abrazar a nuestras familias.

Como estas historias hay millones más y, por eso, hoy Excélsior abre espacios en todas sus secciones informativas para dar voz a 100 testimonios representativos de los mexicanos impactados durante las dos mil 400 horas transcurridas desde el primer contagio confirmado en el país.

COVID-19: 100 DÍAS, 100 VOCES

Después de cuatro horas de espera, el pasado 27 de febrero, el Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias (INER) obtuvo la prueba que confirmó la llegada del covid-19 a México.

A partir de entonces, a velocidad de contagio y muerte, comenzaron a correr los primeros 100 días de la pandemia que ha paralizado al mundo.

Tristeza, incertidumbre, impotencia y mucho miedo son los sentimientos que ha dejado a su paso entre los mexicanos, pero también esperanza y solidaridad. 

Carmen Adriana Blanquet lo describe como un infierno. No sólo porque enfermó de covid-19, sino porque, mientras estuvo hospitalizada, su hijo de 14 años murió electrocutado cuando se preparaba para recibirla.

Y mientras ella, en el Estado de México, llora todavía la muerte de su hijo, en la misma entidad, la doctora Janet Hernández lamenta que ni siquiera pudo darle un abrazo de despedida a su madre.

A Liliana le tocó escuchar un llanto, pero de alegría. En un 10 de mayo inédito dio a luz a su bebé, Elías. El registro de su hijo deberá esperar, porque las oficinas del Registro Civil “están dando prioridad a las defunciones”. Lo sabe bien Ana Elena López, una novia de Baja California que tuvo que guardar el vestido blanco y posponer su boda.

La incertidumbre de saber cuándo llegará al altar es la misma que sintió Daniela Flores, médico residente del Estado de México, cuando uno de sus compañeros enfermeros, en medio de su padecimiento, requirió un ventilador: “Me dijo que les encargaba sus dos hijos y su esposa a sus papás, afortunadamente se recuperó y vi cuando lo dieron de alta.”

Y es que el covid-19 está de la chingada, define René Juárez, un migrante mexicano quien sobrevivió al coronavirus en Nueva York,  epicentro de las muertes en Estados Unidos.

A cuatro mil 155 kilómetros de distancia, en nuestro epicentro mexicano, la Ciudad de México, Rodrigo Fragoso también libró la muerte por la enfermedad, pero otra pandemia lo alcanzó: la de la discriminación. Sus vecinos rociaron con cloro la puerta de su departamento. Ese cloro que refleja el miedo irracional que ha desembocado en agresiones contra el personal de salud. Otra de las víctimas, la doctora Alondra Torres, en Jalisco: “Fui agredida con cloro cuando paseaba a mi perro  y portaba mi filipina”.

Pero ni ese riesgo adicional al coronavirus ha detenido a médicos como Sagrario Hierro, quien a sus 81 años, con su bata blanca bien puesta, se niega a retirarse de la línea de fuego, como no lo hace tampoco Teresa Morales, una barrendera, desde su propio frente de batalla: “A lo mejor mi bata está percudida, sucia y apestosa, pero también aquí estoy”.

Otros uniformados que tampoco han descansado son policías como Omar Machuca, quién ve en el covid-19 un reto para poder seguir brindando seguridad a la ciudadanía; bomberos como Eloísa Herrera, que con la pandemia ha aprendido una lección más, como la que vivió en marzo pasado cuando amamantó a una bebé rescatada de entre dos muros en la alcaldía Iztacalco; y la soldado Alexa Bueno, quien ha  girado instrucciones a quien nunca imaginó: “Jamás creí ser yo la que no dejara salir a mis papás”.

Pero los padres siempre van a ser los primeros en querer cuidar a los hijos, incluso antes de verlos nacer. Mañana, Laura Magaly dará a luz, pero desde el día uno de la pandemia decidió blindarse: “Hace 100 días me aislé totalmente para proteger a mi bebé”.

Proteger es justo la razón por la que María Guadalupe, un ama de casa con triple jornada, está lejos de su nieto, tiene que conformarse con verlo crecer a través de una pantalla de teléfono.

La tecnología es también el vehículo con el cual Teresa, una abuelita desesperada en el encierro, viaja por el mundo de la mano de su nieto. “Él se preocupa, porque dice que ya no vamos a poder viajar, yo le digo: ‘vamos a viajar por televisión y por internet, ahí se puede’”.

Crear contenido digital para que las familias viajen desde sus casas es precisamente lo que el youtuber Alan Estrada ha aportado durante la una cuarenta.

Un asiento real de avión es lo que añoraron durante varias semanas Monserrat Lara, Alfredo García y David Eguía, tres de los mexicanos varados en el extranjero por el cierre de fronteras.

No es la única distancia a franquear. Ahora mismo, ocho mil 923 kilómetros impiden a Corin Robertson, embajadora de Reino Unido en México, poder  abrazar a sus padres.

Pero ni estando a un metro y medio de distancia, Antonio Aguirre, médico pasante, se atrevió a abrazar a papá y mamá al volver a su natal Ciudad Juárez cuando lo liberaron de su servicio social.

La  distancia, en algunos casos, se ha resuelto con ingenio. El reto de las clases virtuales para alumnos sin internet de una primaria en la Ciudad de México, que dirige Pedro Hernández, se solucionó cuando la encargada de una papelería puso a disposición de los padres las guías de estudio.

Ingenio y también emprendimiento, como el de Iker Rodríguez, de tan sólo nueve años, que haciendo mandados en su bicicleta conmovió las redes sociales.

Lo que para Iker es diversión, para Fidel Meza, repartidor de alimentos, es un trabajo de tiempo completo que se tornó un tanto hostil. “Me piden entregarles sus cosas en recepción o afuera de sus casas, para evitar tener contacto”.

Tan hostil como ha resultado para Lucero, una joven ciega, pedir comida a domicilio a través de aplicaciones que no son accesibles para personas con discapacidad.

Nancy Anaya ha luchado contra esas barreras. En el día 35 de la pandemia organizó el primer festival de música, teatro, danza y letras VOCES, en el que participó el músico Juan Carlos del Río. Fue la forma de decirle a su hijo Arturo, quien vive con autismo: “Te quiero”.

Trece días después, otro acto de amor entre madre e hija fue posible. El abogado Manuel Iván Reyes ganó un amparo en favor de una bebé con síndrome de Down para que su mamá doctora pudiera quedarse a cuidarla en casa.

Para otras mujeres, la prioridad es escapar de sus hogares, pues representan un peligro mayor que el propio coronavirus, como para un joven de 20 de años que casi muere asesinada por el papá de sus hijos. Injusticias contra las que luchan la feminista Aimée Vega y la actriz Vanessa Bauche.

Para Nadine Gasman, presidenta del Inmujeres, es claro: esta pandemia impacta de forma  diferenciada a las mujeres. Tanto, que hasta Natalia Lane, un activista trans quedó asombrada al ver a las trabajadoras sexuales quedarse sin un lugar para vivir por el cierre de los hoteles. A pesar de que algunas como Angélica ni siquiera creen en la existencia el coronavirus.

Pero quienes no dudan de su existencia son un cremador, un sepulturero y un agente funerario, quienes han sido testigos, en primera fila, de una escalada inédita de muertes que ha saturado crematorios y panteones.

Decesos marcados por la distancia. Duelos inacabados que la tanátologa Cynthia Rodríguez, el sicólogo Aldo Reyes y el sacerdote Omar Sotelo intentan aliviar.

En las calles, la lucha por la vida no se detiene a bordo de las ambulancias, como la que conduce Marcelino Cetina, o en la que trabaja el paramédico Manuel Santiago.

Tampoco se suspende en los pasillos del hospital donde trabaja el urgenciólogo Mario Carbajal, que atendió a la mamá de su maestra de la facultad de medicina. Pero a veces la muerte es inevitable.  La señora perdió la vida por el virus que surgió en la ciudad de Wuhan, China.

Ese virus por el que los enfermeros como Irving Sánchez llevan las marcas del equipo de protección. Y que, con su inocencia, Renata, una pequeñita de ocho años, describe como un “bichito que entra a los pulmones”.

Un bichito, como ella dice, que atacó a Jorge Valentín Ulloa, un camarógrafo que enfermó después de grabar una entrevista con el gobernador de Hidalgo, Omar Fayad Meneses, quien dio positivo al virus el día 30 de la pandemia. Y a Miriam Moreno, periodista, quien desde el día uno dio el micrófono para ayudar a la gente a visibilizar la situación de los pacientes y el personal médico agobiado por esta crisis.

Crisis que no sólo ha paralizado los servicios de salud, sino también a la economía.

En Oaxaca, al campesino mezcalero Rodrigo Mateo se le quedó estancado todo el mezcal que planeaba vender en Semana Santa. César González, joven millennial ya no pudo pagar su renta, porque le redujeron el sueldo. Andrés Cabrera ni siquiera tiene un trabajo para poder pagar su tratamiento contra el Alzheimer. Al indígena Juan Ramos le urge que esto acabe para volver a los baratillos a intercambiar sus animales de campo.

En los laboratorios, los científicos del país se apresuran a buscar fármacos y vacunas para que eso suceda. Pero no sólo se suman a proyectos especializados. David Camarena se tomó el tiempo de resolver las dudas de su jardinero sobre la pandemia. Se conmovió al saberlo más tranquilo.

Esa tranquilidad, la misma que transmite la partera oaxaqueña Juanita Zárate a las embarazadas que han vuelto los ojos a la partería tradicional por el miedo que tienen de ir a los hospitales, un lugar que hasta para el personal de salud se ha convertido en una “antesala de la muerte”, más cuando no cuentan con los más básicos insumos de protección.

La anestesióloga Perla Sancha está consciente del riesgo después de intubar a un compañero enfermero, igual que el camillero Bernardino, quien se ha enfrentado a un “implacable”, coronavirus capaz de matar en tan sólo minutos. Pero nadie está dispuesto a rendirse.

Con bata o sin ella; niños, campesinos con su bueyes, limpiaparabrisas, indígenas, sepultureros, policías, bomberos, abuelos, periodistas, activistas, parteras, artistas, meseros, voluntarios, migrantes, deportistas, comerciantes, jóvenes, maestros, personas con discapacidad, religiosos, feministas, empresarios, científicos, son algunos de los personajes que han protagonizado los primeros 100 días de la pandemia.

Su saldo: 12 mil 545  muertes y 105 mil 680 contagios contabilizados de manera oficial; 12.5 millones de mexicanos que se quedaron sin empleo sólo en el mes abril y la posibilidad de que 10 millones más caigan en pobreza.

Además, 115 mil 614 llamadas de emergencia de mujeres denunciando violencia; abuso sexual, acoso sexual, violación y violencia familiar, y una estimación de 869 mil 880 mexicanas que podrían dejar de usar métodos anticonceptivos, lo que podría implicar un aumento de embarazos no planeados en los próximos meses.

En plena fase de ascenso, y cuando ha concluido la Jornada Nacional de Sana Distancia, todavía medio país es más propenso al coronavirus por las enfermedades crónicas que padece.

A 100 días de que el covid-19 llegó a México, el equipo de reporteros y corresponsales de Excélsior recopiló 100 voces para rendir homenaje a los protagonistas de la pandemia, a lo largo de las 54 páginas de esta edición. Voces que encontraron 68 definiciones para el covid-19 y lo asociaron con 35 sentimientos.

Hombres y mujeres que experimentan miedo, frustración, coraje, desolación, impotencia, pero también esperanza, valor, optimismo, resiliencia y más humanidad y conciencia.

Cien voces que representan a los 125 millones de mexicanos impactados por la crisis en las dos mil 400 horas, 144 mil minutos u ocho millones 640 mil segundos transcurridos desde el día uno de la crisis. Cien días que marcaron un antes y un después la vida tal y como se conocía.

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